Academia Acai Sabadell


Luz, volumen y textura (II)

Luz, volumen y textura (II).

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Ya os he hablado de la luz y las sombras. La tercera dimensión se manifiesta al observador a través de dos aspectos bien definidos, el volumen y la perspectiva.

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El volumen es una consecuencia directa de la luz y siempre estará en función de esta. El volumen, como el color será esa sensación relativa a infinidad de cambios posibles, tanto con puntos de luz o reflejos o iluminación que establezcamos.

Conviene distinguir el volumen de la masa, pues esta es un aspecto físico de los cuerpos y es algo que podríamos reconocer incluso con los ojos cerrados, nos bastaría con recurrir al tacto de nuestras manos para distinguir las formas.

El volumen, por el contrario se refiere a lo que es reconocible con la vista. Volumen, queda asociado al concepto de claroscuro de efectos de luces y sombras, que podemos identificar o expresar tanto por los medios de dibujo, pintura, grabado, fotografía… pero siempre de forma ilusoria, porque lo hacemos en dos dimensiones, el papel y el lápiz.

Importante reconocer que el volumen es el aspecto mas comprensible de las formas tridimensionales, el que antes captamos o reconocemos, ahora bien la perspectiva (segundo aspecto del que nos informa la tridimensionalidad) requiere de unas relaciones geométricas mas complejas que distorsionan al objeto. De hecho la perspectiva se abandonó en la edad media, el románico y no se recupera hasta el renacimiento cuando reaparece perfectamente integrada en las conquistas del siglo XIII. Por tanto el binomio volumen-perspectiva alcanza su mayor expresión en el barroco, para conquistar nuevos efectos ópticos y estéticos centrados en la representación de la realidad visual y el volumen.

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La luz se manifiesta como un tipo de energía. Tiene una doble naturaleza; ondulatoria y corpuscular. Por un lado se desplaza como una onda (imaginaos las qe hace el agua cuando le tiráis una piedra) y por otro está compuesta por un conjunto de pequeñas partículas, los fotones. El color es una propiedad que depende de la luz, el propio objeto y el ojo que lo mira. Este comportamiento demuestra que los colores que nosotros percibimos dependen de la longitud de onda que el cuerpo rechace. Lo que nos interesa es los diversos valores en que podemos resumir por áreas para configurar las formas. Debemos controlar no solo la posición de la luz si no la naturaleza de este, y los puntos luminosos. Si es luz artificial o natural. La luz natural proviene del sol, es una luz fuerte blanca, que ilumina con la misma intensidad todo los rincones a los que llega, destacando los volúmenes.

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La luz artificial en cambio puede ser de lo mas cambiante. Si utilizamos un foco concentrado conseguiremos una clara diferencia y unas sombras bien definidas con mucho contraste. Lo que de verdad importa es que seamos conscientes “a priori” de lo que pretendemos, examinando varios aspectos de la iluminación, considerando la luz como un auténtico instrumento de trabajo, algo así como un mágico cincel con el que podemos modelar y remodelar las formas. Véanse distintas iluminaciones y el cambio que en ellas produce. Si la luz estuviese totalmente detrás obtendríamos el conocido contraluz.

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Subrayado el valor de la luz como instrumento para destacar volúmenes, “apaga la luz y vámonos”.

¡Es broma!

Cuando la luz viene de un foco único las formas se producen bien definidas contrastan mas cuanto mas intensa es la luz, pero está claro que la ausencia de luz sería el negro absoluto. (Estudio fotográfico e iluminación de Ricardo Guixà ACAI)

La importancia por tanto de la luz para la representación del volumen es uno de los aspectos cuya evolución ha tenido mas atractivo en la pintura occidental. De Vermer (la luz espiritual, la luz mágica) a los pintores del tenebrismo, una tendencia propia del siglo XVII que exaltaba esa búsqueda del volumen tratando de reforzar el contraste creado por la luz concentrada en una sola zona sobre un fondo de tinieblas, consiguió atraparnos en el misterio de las sombras. Y como no mencionar las luces y las sombras en los grabados, estampas y cuadros de la Quinta del Sordo de Goya.

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Y como máximo exponente del romanticismo del siglo XIX, véase Géricault y tremendísimos cuadros llenos de tenebrismo.

Géricault

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