Academia Acai Sabadell


Filosofía y características de lo invisible

Más allá de la memoria visual

 

Como ya ha quedado suficientemente constatado, la fotografía ofrece la posibilidad de guardar una imagen mecánicamente para poder volver a ella cuando el acontecimiento haya pasado, archivando la información visual de manera altamente efectiva. No obstante, si los productos de la cámara proporcionasen únicamente un sucedáneo plano de la visión, seguramente su éxito hubiera sido mucho menor. Me atrevería a afirmar que el secreto de su reputación radica en su capacidad de mostrarnos la realidad de una forma diferente -evidentemente más simple, pero más accesible a la vez- de ampliar los momentos vividos, de hacerlos tangibles, de rebasar nuestros propios límites.

Hacer una fotografía implica conseguir materializar algo parecido a las imprecisas y mudables imágenes cerebrales, (salvando las diferencias ya explicadas) al menos para una amplia mayoría de usuarios. Los materiales fotosensibles asociadas a la cámara aportan la posibilidad de almacenar una representación del mundo que conserva algunos de los elementos básicos de la experiencia visual, dilatando el instante de la observación a costa de una simplificación de la información sensorial y emotiva, y cargada a la vez de una especial fuerza evocadora. Lo curioso es que, perdiendo información gana en precisión, y el instrumento diseñado para representar la naturaleza mediante el influjo de la propia luz, adopta un papel trascendental y aporta una información que multiplica su poder por la fuerza de la simplicidad

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En este sentido se puede decir que la cámara no sólo detiene momentáneamente el transcurso temporal, sino que además lo amplia. Hace visibles detalles y aspectos de la vida que de otra forma pasarían completamente desapercibidos, es decir invisibles. No significa entonces que actúe como un vidente con capacidades sobrenaturales, simplemente revela una información que ya estaba allí, pero que no tenía suficiente relevancia en el momento de su percepción como para elevarse a la consciencia. La fotografía nos da una segunda oportunidad para volver a escudriñar una visión y tomar conocimiento de aquellos aspectos que fueron intrascendentes en su momento pero que ahora la cámara, con la complicidad del operador, ha vuelto importantes. El fotógrafo los ha destacado otorgándoles un valor añadido, incluso cuando su elección ha sido inconsciente, pues esta implícita en la capacidad epistemológica del medio.

 

Muchos de nosotros hemos podido comprobar esta facultad de una imagen fotográfica. Cuantas veces hemos descubierto un rasgo, una particularidad, un dato que fue inadvertido en la vivencia original, tal y como tempranamente señala el mismísimo Talbot en la introducción a primer libro de fotografía de la historia. En El pincel de la naturaleza el sabio inglés escribe: “sucede frecuentemente, además, y este es uno de los encantos de la fotografía, que el operador de la cámara mismo descubre al examinar la obra, tal vez después de transcurrido mucho tiempo, que ha captado muchos detalles que ignoraba inicialmente” (Talbot, 2003; 49). También los primeros espectadores del daguerrotipo contaban asombrados con sus lupas el número de ladrillos de una fachada, como si nunca los hubieran visto. Y ese asombro, por el momento, no parece tener caducidad.

Esta es la situación de la que parte la trama principal del mítico film de Antonioni blow-Up, adaptación del relato original de Cortazar Las babas del diablo. El argumento de la película explica la historia de un fotógrafo que descubre un asesinato, aparentemente sin testigos, gracias su reconstrucción a partir una serie de fotografías tomada en el lugar de los hechos. Por medio de sucesivas ampliaciones de una de las imágenes, el fotógrafo descubre un crimen escondido. Lo que el ojo no pudo ver a simple vista, queda capturado por el material sensible de una cámara fotográfica.

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La ciencia, un nuevo modelo de conocimiento.

 

“Es una constatación obvia que en el seno de la cultura contemporánea, la ciencia a llegado a ser el paradigma del saber”

(Agazzi, 1996: 34)

Gracias al enorme progreso realizado por la ciencia en el período comprendido entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, los avances tecnológicos permitieron una sustancial mejora del bienestar en las sociedades occidentales. Como consecuencia, el interés popular por estos descubrimientos se tradujo en un esfuerzo divulgativo por parte de los investigadores que, unido al evidente éxito de sus conquistas, generó una creciente confianza en el método científico y en la veracidad de sus resultados, deviniendo un nuevo paradigma cognoscitivo laico, destinado a rivalizar con los modelos predominantemente religiosos de los siglos anteriores.

Este crédito depositado en la ciencia desde el siglo XIX ha perdurado hasta nuestros días en la vida cotidiana, muy especialmente en los círculos académicos y universitarios, y tiene como piedra angular la fiabilidad otorgada a su procedimiento indagatorio. El rigor en la formulación y aseveración de sus hipótesis ha llegado a ser un estereotipo en el que la ciencia posee una garantía de certeza en su explicación de la realidad. Si a esta característica le añadimos una vertiente práctica que permite emplear los conocimientos por ella alcanzados en la resolución de las dificultades cotidianas de la gente, empezaremos a encontrar las claves de su prestigio y el porqué, actualmente, para una gran mayoría de la población occidental, los científicos son “quienes resuelven los problemas, la última fuente de Verdad” (Nelkin, 1991, p. 134).

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Documentales científicos, con canales específicos en las programaciones televisivas de pago y en abierto, informan y entretienen poniendo al alcance del espectador medio conocimientos de zoología, botánica, biología, astronomía, medicina, etnografía y arqueología, aportándonos imágenes insolitas que no somos capaces de ver con el ojo humano. Por tanto la curiosidad y el auge de esta fotografia de lo invisible es hoy en dia asequible gracias a los telescopios cuyo alcance era impensable hace apenas 100 años o con cámaras tan diminutas que nos muestran información selecta y muy útil de los rincones mas inaccesibles de nuestro cuerpo. Mención especial merece la nanotecnología pero hoy nos centraremos en la naturaleza de las fotografías del cosmos por ese aspecto transcendental e inaccesible con el que el hombre siempre ha suspirado.

CASSINI

Hace unos dias tras el previsto fallecimiento de Cassini, la NASA liberó toda la colección fotográfica creada por la sonda durante sus largos años de viaje. Sus fotografías de Saturno, especialmente las tratadas en blanco y negro por los especialistas de la agencia espacial, fueron de especial brillantez: revelaron la imagen de un planeta gigante, frío, poderoso y, aunque parezca difícil de creer, emocionante.

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¿Y después de Cassini, qué? Pues bien, nos quedan numerosas sondas explorando nuestro Sistema Solar y tomando fotografías estupendas. Quizá la popular ahora sea Juno, cuyos días transcurren en torno a Júpiter, el planeta más grande en este lado de la Galaxia y quizá uno de los más bonitos.

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No tanto por las fotografías arquetípicas que tenemos de él (sus líneas blancas, rosadas y rojas) sino por las nuevas interpretaciones cromáticas que un pequeño grupo de apasionados por el espacio y la fotografía están volcando en esta plataforma colaborativa abierta por la NASA. La metodología es simple: Juno envía imágenes tomadas cerca de Júpiter en raw, y desde sus casas los científicos-fotógrafos aficionados se dedican a procesar de forma creativa y apasionante sus colores.

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Hace unas semanas, Juno anduvo explorando de cerca el hemisferio sur de Júpiter. Y sobre estas imágenes Gerald Eichstädt y Seán Doran han creado auténticos lienzos impresionistas, repletos de viveza, color y luminosidad, que aportan otra mirada distinta (y mucho más imaginativa) a la imagen que tradicionalmente habíamos traído del planeta. Nubes sinuosas, patrones cromáticos enlazados, un detallismo caótico digno de los autores abstractos y expresionistas del siglo XX.

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Como quiera que Juno envía nuevas fotos de tanto en cuanto, la base de datos sobre Júpiter va aumentando, y está plenamente accesible al público general. Un deleite para los sentidos que revela mucho de los aún inesperados, misteriosos secretos que planetas tan enigmáticos como Júpiter (y el resto de nuestro Sistema Solar) aún esconden. Aquí una pequeña muestra del trabajazo de Eichstädt y Doran.

Según avanza el interés de los lectores, los artículos nos acercan esa visión del mundo exterior incorporando la tecnología y la ciencia se apoya en la fotografia para satisfacer nuestro conocimiento.Una imagen vale mas que mil palabras. en su sentido más amplio entre los contenidos comunes de la información ofrecida habitualmente.

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Ante este panorama, podríamos afirmar sin miedo a equivocarnos que la ciencia nunca ha estado tan presente en la sociedad como en el momento actual (al menos en occidente), pero lo que a simple vista podría parecer una garantía de una ciudadanía informada en una auténtica sociedad del conocimiento empieza a disiparse si se estudia más atentamente el alcance real de esta información. Porque, paradójicamente, los expertos se quejan de la falta de una verdadera comprensión de los resultados, métodos y contenidos generales de las distintas disciplinas científicas en nuestra sociedad.

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Especial mencion a la aportacion del Drc. Ricardo Guixà Frutos, (La ciencia, un nuevo modelo de conocimiento y Más allá de la memoria visual)

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